En el México del siglo XIX, durante el proceso de Independencia y de afirmación de la nueva nación, surgió el paisaje como género autónomo. Fue relevante, por un lado, dadas sus cualidades estilísticas, y por otro, debido a su utilidad en el registro de las características del territorio. El paisaje afirma la capacidad de producir memorias, belleza y conciencia de lo propio.
El género, al interior de la Academia Nacional de San Carlos, tuvo en Eugenio Landesio uno de sus creadores y maestros fundacionales. El artista impartió clases y plasmó con singular sensibilidad en sus obras lo que la mirada local veía como naturaleza y cotidianidad, imprimiendo en ello valor artístico y representatividad simbólica. Su producción y enseñanzas hicieron escuela; aquí se presenta a algunos de los discípulos que consolidaron el paisaje como género
autosuficiente en nuestro país.
En contraste, Japón tiene ya en el siglo XIX una tradición paisajística larga. Llegó proveniente de China durante el siglo XIV con el nombre de sansui-ga 山水画 (shanshui-hua, en chino), que se puede traducir como pintura de montañas y agua.
El género nace de la mano de monjes del budismo zen que estudiaron en China. Tiempo después, tanto el género como la técnica de la tinta china se extendieron a escuelas locales y a otros espacios de producción. Estas tradiciones del paisaje continuaron a lo largo de los siglos XIX y XX. Algunas de ellas mantuvieron una continuidad con los modelos previos, mientras que otras se fusionaron y
renovaron. Ambos caminos están representados en esta sala. De manera complementaria, se han seleccionado ejemplos de pintores viajeros que se podrán apreciar también más adelante en el recorrido.
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