A finales de 1936, Elvira ingresó como voluntaria para la protección y salvamento del tesoro artístico, realizando una notable labor. En los locales de la Junta conoce a su futuro esposo, Roberto Fernández Balbuena, arquitecto y pintor. Debido a la situación política de España se exilió a la ciudad de México, en noviembre de 1939, donde fue bien recibida en el
grupo de cultural/intelectual de exiliados. Compaginando la enseñanza del Dibujo y su
incansable labor como pintora, con la práctica de otras técnicas, como el grabado y el esmalte y dedicándose a su ocupación más importante, la ilustración. En esta pintura podemos apreciar el estilo de la pincelada de Balbuena, mostrando a la pintora de frente, con un detalle en rojo en la cabeza.
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